Sí, así son mis nuevas lecturas y el acento es cien por ciento latino. Ha sido una experiencia un tanto extraña, pero leer libros en inglés y en francés empieza a convertirse en una rutina, un ejercicio que empezó siendo una obligación de entrenamiento, pero que con los días se ha vuelto necesidad.
La sonoridad de las palabras en mi cabeza está un tanto distante de la seducción. Leo aún más lento y me detengo seguido para consultar significados. Me han dicho que si lo hago en voz alta, podría mejorar mi pronunciación y lo he intentado… pero confieso que me avergüenzo de la poca naturalidad de cada entonación, de las erres afrancesadas y los sonidos nasales que no terminan de salir, de la poca fluidez y el tartamudeo inevitable. Prefiero la lectura hacia adentro, en privado…
Y a pesar de todo, leer con acento sigue siendo entretenido. Por ahora me acompañan Le Petit Prince, de Antoine de Saint-Exupéry, y Men Who Hate Women, de Stieg Larsson. Esta última en un ejercicio doble: francés e inglés. Aún me hace falta la agudeza para disfrutar de alguna frase memorable en francés, de un diálogo magistral en inglés, pero nada mejor para perderle el miedo a los acentos que sumergirse en el enredo de una historia ajena.